A pesar de la falta de existencia de documentos escritos que lo demuestren, la caballerosidad es un gesto que se manifiesta desde, más o menos, el origen del hombre y la mujer, allá en los viejos tiempos de la mutación del ADN que generó la parte divertida de la existencia de las especies. Asociado o no a la creencia patriarcal de que los hombres son superiores a las mujeres en algún tipo de parámetro, teniendo así la capacidad de ser gentiles y portarse educadamente con una dama de una manera que no harían con otro hombre, este comportamiento se observa tanto en épocas en las que el rol de la mujer estaba limitado a las tareas del hogar como en estos tiempos modernos donde la única diferencia entre ellos y ellas está en el tipo de zapatos que usan en una fiesta. Y ni siquiera tiene que haber un motivo tan oscuro detrás de la amable intención de un señor al abrirle la puerta a una señorita; es simplemente es una cuestión de modales. Tradición.
Claro que puede existir otra fuerza impulsora de este agradable comportamiento, tan aparentemente bien intencionado, pero sólo se cruza por la cabeza a aquellas mujeres ligeramente resentidas u observadoras compulsivas de misoginismo en cada hombre o animal masculino; Un hombre que es caballero tiene solamente una intención navegando por su mente.
Y no me gusta tener que apelar a un blog para escribir sobre algo tan feministicamente cliché, e incluso hablar de feminismo en un post de esta naturaleza me obligan a pedirle disculpas a Mary Wollstonecraft, pero un simple viaje en subte en hora pico de la mañana -simultáneo al pico matutino de cortisol, ¿Coincidencia del universo o fundamentación química?- me hizo replantearme ciertas cosas.
Entré apurada a un subte inicialmente congestionado, que en no más de dos estaciones sus pasajeros se interrelacionarían como moléculas de agua en estado sólido. Redundante es mencionar que no había lugares disponibles, por lo tanto me quedé parada con mi pesada mochila cargada de un gigantesco volumen de Fisiología Humana. Por algún motivo, un joven que estaba acomodado en uno de los asientos se levantó y salió prácticamente corriendo; tal vez había olvidado algo, tal vez decidió darse por vencido o cometer un acto de romanticismo no premeditado, ¿Quién sabe? Lo importante del hecho es que ahora quedaba un asiento disponible en aquel vagón moderadamente lleno, y no pudo causarme más tentación ignorar fijarme si había alguna señora embarazada o alguien mayor con la real necesidad de sentarse. Sin embargo, fui educada y miré. Un hombre, al lado mío, de no más de 45 años y que no parecía tener algún claro malestar físico ya que no tenía ningún yeso o bastón, me miró y sin dudarlo se sentó. Hasta este momento no pensé nada en particular: Tal vez sí tenía algún malestar, tal vez iba al médico o, simplemente, tenía muchas ganas de sentarse. ¿Quién lo iba a obligar a dejarme sentar? Yo me habría sentado y habría sido igualmente egoísta que él al tomar el asiento. No era mayor inconveniente.
Cinco estaciones más tarde, era aconsejable cerrar las ventanas por el riesgo de que alguien fuera empujado y se cayera del subte en pleno movimiento. Yo seguía parada en el mismo lugar, y el hombre sentado en su asiento. Cuando se abrieron las puertas de la nueva estación, se sube una elegante señorita, tal vez cinco años mayor que yo; tenía el pelo planchado con bucles artificialmente armados en las puntas, rubor y rimmel ostentosos y los labios con un brillo color salmón, y vestía un hermoso traje escotado con pollera corta y botas con taco. Sin duda llamaba más la atención que cualquiera de las otras personas que allí viajaban, pero este hombre, en el momento en el que ella se paró frente a él, se puso de pie y le cedió el asiento. "Por favor", le dijo, y lo vi de pie, ahora en el medio del tumulto de gente hasta el momento en el que me bajé. Un caballero, sin duda, qué gesto tan viril y atractivo y educado; perfecta elección de una mujer a la hora de elegir el aporte de la mitad del ADN de la descendencia.
¿En qué pudo basarse el criterio del hombre al darle el asiento? No estaba embarazada ni era discapacitada, al menos no en cuanto a lo motriz, y tampoco pasaba los 30 años de edad, así que se podría descartar la idea de que fuera "Una señora mayor". Era una mujer, al igual que yo, así que la caballerosidad parecía escapar el detalle genético. ¿Entonces? ¿Tal vez si yo decidía maquillarme y usar un cuello escotado en vez de mi campera-iglú lúgubremente negra habría viajado cómodamente sentada leyendo mi lectura de viaje de turno? En ese caso, las falsas feministas estarían en lo cierto: A veces, ciertos hombres tienen algo en mente cuando se portan caballerosamente.
No hay mucho para decir. La próxima vez que tenga ganas de viajar cómoda me pongo unas medias de red, unos buenos tacos rojos y una blusa cuello en V de animal print. Buen gusto.